El bosque dentro de la Base del Cuerpo de Marines de Quantico, Virginia, es un espacio diseñado para el control absoluto. Sus coordenadas están mapeadas, sus accesos, vigilados. Allí, la brújula y la orden son las únicas guías. Pero una noche de julio de 2005, en un pliegue de ese territorio restringido, las reglas conocidas parecieron desdibujarse. Para tres marines en patrulla, la misión se transformó en un encuentro que cuestionaría los límites de lo catalogado y lo creíble.

















































