El cometa interestelar 3I/ATLAS, que capturó la imaginación del mundo al acercarse a la Tierra en diciembre de 2025, acaba de pasar su prueba más rigurosa. Y los resultados, publicados ahora, son claros: el silencio.
Recordemos el contexto. Este visitante de otro sistema estelar, apodado el "cometa-barco" por su forma alargada, generó una expectación científica sin precedentes. Su origen lejano lo convertía en un candidato teórico excepcional para portar, aunque fuera de forma remota, algún vestigio de tecnología no humana. Era una posibilidad ínfima, pero la única forma de saberlo era buscando.
Por eso, el proyecto Breakthrough Listen apuntó el colosal radiotelescopio Green Bank (de 100 metros de diámetro) hacia 3I/ATLAS durante cinco horas cruciales, justo antes de su máximo acercamiento a 269 millones de kilómetros. El equipo, dirigido por el astrónomo Ben Jacobson-Bell de UC Berkeley, escaneó una amplia banda de frecuencias de radio buscando "tecnofirmas": señales que delaten una tecnología artificial.
¿Qué encontraron? Interferencia. Ruido nuestro.
El análisis, meticuloso, identificó varias señales candidatas durante la observación. Pero el rastreo de su origen fue implacable: todas trazaban una línea recta de regreso a la Tierra. Satélites, radares, fuentes terrestres comunes. Ninguna emanaba del cometa.
Esto no resta un ápice de valor al objeto. 3I/ATLAS sigue siendo una reliquia científica invaluable, una roca mensajera de otro lugar de la galaxia cuyo estudio composicional nos enseñará mucho sobre la formación de otros sistemas planetarios. Su viaje continúa hacia Júpiter.
Pero el experimento cumple una función igual de importante: la de deslindar, con rigor y datos duros, la ciencia de la especulación. La búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI) es así: un ejercicio de paciencia y escepticismo metódico, donde cada callejón sin salida se cartografía con precisión. No se encontró lo que algunos soñaban, pero se hizo la pregunta correcta, con el instrumento correcto, en el momento correcto.
La decepción pública es comprensible. La confirmación científica, necesaria. El cosmos sigue guardando sus secretos más grandes, mientras nosotros seguimos escuchando, descartando el ruido de nuestro propio planeta, y aprendiendo.

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