martes, 27 de enero de 2026

Los Archivos Clapper-O'Sullivan: Una Red de Inteligencia y el Programa Secreto para Enfrentar Fenómenos Aeroespaciales


 En los pasillos silenciosos y sobrios de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, las decisiones rara vez trascienden el ámbito de lo clasificado. Pero una serie de testimonios y filtraciones, hilvanados durante años, están trazando el contorno de una iniciativa que parece extraída de la ciencia ficción. Se centra en dos nombres: James Clapper y Stephanie O’Sullivan, figuras cimeras de la inteligencia estadounidense cuyas carreras podrían estar vinculadas a un esfuerzo ultrasecreto para detectar, derribar y recuperar artefactos aéreos no identificados.

Según documentos y fuentes citadas por medios especializados como Liberation Times, este programa, supuestamente activo durante las administraciones de George W. Bush y Barack Obama, operaba bajo la sombra de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI). No se trataba de mera observación pasiva. Las mismas fuentes describen una operación con capacidad ofensiva, empleando tecnología de vanguardia para "interactuar" con lo que se denominaba como "vehículos exóticos no humanos".

Una Estructura Cimentada en la Carrera y la Confianza

La relación profesional entre Clapper y O’Sullivan es fundamental para entender estas acusaciones. Clapper, un veterano de la Fuerza Aérea cuya trayectoria abarcó la dirección de la DIA, la NGA y finalmente el cargo de Director de Inteligencia Nacional, ha reconocido públicamente la existencia de programas de rastreo de anomalías. En declaraciones para el documental 'The Age of Disclosure', admitió conocimiento de esfuerzos para monitorizar actividades inexplicables sobre instalaciones como el Área 51.

Stephanie O’Sullivan, por su parte, ascendió desde la Dirección de Ciencia y Tecnología de la CIA hasta convertirse en la Principal Directora Adjunta de Inteligencia Nacional bajo Clapper. Su perfil como ingeniera técnica y su manejo de divisiones sensibles la situaron en una posición clave. El propio Clapper escribió en sus memorias que confiaba en ella al punto de declarar que "Stephanie habla por mí, incluso cuando no hemos hablado". Esta dinámica de absoluta confianza es la que, según las fuentes, facilitó la supervisión conjunta de operaciones altamente delicadas.

El Entramado Más Allá de la ODNI: Contratistas y Vínculos Históricos

Las acusaciones no se limitan a las agencias gubernamentales. El tejido del presunto programa se extiende hacia la industria de defensa y laboratorios de investigación. O’Sullivan, tras su retiro, se incorporó a las juntas directivas de Battelle Memorial Institute y The Aerospace Corporation, entidades mencionadas en contextos de investigación de Fenómenos Anómalos No Identificados (FANI). Además, su paso inicial por la contratista TRW (ahora Northrop Grumman) conecta con instalaciones como el Rancho Tejon en California, señalada por algunas fuentes como un sitio de recuperación de artefactos.

Los vínculos históricos añaden capas de complejidad. El abogado del denunciante David Grusch fue Charles McCullough III, quien sirvió como Inspector General de la Comunidad de Inteligencia reportando directamente a Clapper. Grusch ha afirmado públicamente que Clapper y O’Sullivan gestionaban activamente el "problema de la recuperación de accidentes". Más atrás en el tiempo, figuras como el vicealmirante Bobby Inman, descrito por Clapper como un ícono, fueron vinculados en conversaciones telefónicas públicas con la transferencia de tecnología FANI desde el ámbito militar al civil.

El Testimonio del Congreso y la Sombra del Conflicto

El alcance de estas actividades habría llegado al Capitolio. Fuentes aseguran que Stephanie O’Sullivan fue interrogada por el Comité Selecto de Inteligencia del Senado, donde, presuntamente, negó nerviosamente cualquier participación en programas FANI. Estas declaraciones contrastan con las afirmaciones de otros testigos como Lue Elizondo, exdirector del programa AATIP del Pentágono, quien en testimonio escrito mencionó transferencias de materiales entre contratistas como Lockheed Martin y Bigelow Aerospace.

Quizás el aspecto más inquietante sea la sugerencia de un "compromiso cinético" rutinario. No se trata solo de observar. La narrativa que emerge implica un protocolo activo para derribar objetos considerados una intrusión o una amenaza. Este punto encuentra un eco siniestro en testimonios recogidos por el periodista George Knapp ante el Congreso, donde relató que fuentes rusas admitieron haber disparado a ovnis, orden que luego revocaron por temor a "increíbles capacidades de represalia".

¿Hacia una Nueva Etapa de Transparencia o un Laberinto más Profundo?

Las revelaciones sobre Clapper y O’Sullivan no ocurren en el vacío. Forman parte de un goteo constante de información, audiencias congresionales y testimonios de denunciantes que buscan desclasificar un tema históricamente marginalizado. La pregunta central ya no es solo sobre la existencia de fenómenos aéreos no identificados, sino sobre la naturaleza y alcance de la respuesta institucional que se ha mantenido en secreto durante décadas.

La historia sugiere que cuando programas de esta envergadura permanecen ocultos, se crea un ecosistema paralelo de autoridad, financiación y actividad fuera del escrutinio democrático. Más allá del debate sobre el origen de los artefactos, el legado de esta presunta red dirigida por figuras como Clapper y O’Sullivan puede ser, en última instancia, un caso de estudio sobre los límites del secreto de estado y la rendición de cuentas en los asuntos más sensibles de seguridad nacional. La verdad, si llega, probablemente no será simple, pero el camino para alcanzarla está siendo pavimentado por fragmentos de testimonio que ya no pueden ser ignorados.


Con información de liberationTimes

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