La idea de comunicarnos con una civilización extraterrestre siempre ha estado rodeada de un obstáculo fundamental: el lenguaje. ¿Cómo hablar con algo cuya biología, percepción y cultura podrían ser irreconocibles para nosotros?
Un grupo de investigadores australianos propone una respuesta fascinante, y no la buscan en las estrellas, sino aquí mismo, en la Tierra. En un insecto aparentemente simple: la abeja.
La lógica es profunda. Con una separación evolutiva de unos 600 millones años respecto a los humanos, las abejas son, en muchos sentidos, lo más parecido a un "alienígena" que tenemos cerca. Tienen una fisiología radicalmente distinta, un cerebro minúsculo y una organización social que nos resulta ajena. Sin embargo, estudios han demostrado que poseen una capacidad sorprendente: entienden conceptos matemáticos básicos.
Pueden sumar, restar, categorizar cantidades como pares o impares e incluso comprender el concepto de "cero". Más aún, son capaces de asociar símbolos abstractos con números, un proceso análogo a cómo nosotros aprendemos los numerales.
Este hallazgo no es solo una curiosidad sobre la inteligencia animal. Para los científicos, es una pista poderosa. Si dos especies tan inconmensurablemente distintas, evolucionadas de forma independiente, convergen en una comprensión básica de las matemáticas, entonces tal vez las matemáticas no sean una construcción humana, sino un lenguaje universal.
Un lenguaje basado en relaciones lógicas, cantidades y patrones que cualquier forma de inteligencia avanzada, forzada por las mismas leyes físicas del universo, podría llegar a reconocer.
La idea no es nueva. Los mensajes interestelares que hemos enviado, como el Mensaje de Arecibo o los símbolos en los Discos de Oro de las Voyager, ya estaban codificados en un lenguaje matemático y científico. El problema era que no sabíamos si ese "léxico" sería comprensible para otros.
Ahora, el trabajo con las abejas sugiere que sí, que la semilla de esa comprensión podría ser verdaderamente universal. El Dr. Adrian Dyer, coautor de la investigación, lo explica así: "Cuando probamos a las abejas... fue muy interesante y convincente que una especie 'alienígena' pudiera compartir capacidades similares".
La comunicación, claro, seguiría siendo un desafío colosal. Las distancias interestelares imponen demoras de años o siglos en cualquier conversación. No sería un diálogo fluido, sino más bien una lenta y meticulosa construcción de un marco común, empezando quizás por lo más básico: el código binario, la aritmética simple.
El mensaje final es de una humildad cautivadora: para intentar comprender a lo desconocido "allá afuera", primero debemos observar con profundidad y respeto a lo desconocido "aquí dentro". En la danza de una abeja, en su capacidad para resolver un problema de suma a cambio de una gota de agua azucarada, podría estar la primera piedra de un puente interestelar.

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