El pasado mes de marzo, dos satélites apuntaron sus instrumentos hacia un punto en la negrura del espacio. Lo que registraron fue breve pero monumental: un destello de luz de alta energía que duró apenas diez segundos. Tras meses de análisis, los científicos han confirmado que esa señal, bautizada como GRB 250314A, es un mensajero de un pasado casi inabarcable: proviene de una estrella que explotó cuando el universo tenía solo 730 millones de años.
Es, hasta la fecha, la supernova más antigua jamás observada. Un acontecimiento ocurrido hace unos 13 mil millones de años, cuya luz ha viajado a través del cosmos durante casi toda la historia del universo para llegar hasta nosotros. Esa luz, en forma de un estallido de rayos gamma, es la radiación más energética que conocemos, fruto de las muertes cataclísmicas de las estrellas más masivas.
Lo que desconcierta a los científicos, como explican Andrew Levan y Nial Tanvir en estudios recientes publicados en Astronomy & Astrophysics, no es solo su antigüedad, sino su familiaridad. El Telescopio Espacial James Webb, que observó el resplandor remanente de la explosión meses después, confirmó una verdad sorprendente: esta supernova arcaica se ve exactamente igual que las que ocurren en nuestro vecindario cósmico actual. Tiene el mismo brillo y la misma firma de radiación.
Esto choca con lo que se creía. Se pensaba que las primeras estrellas, formadas casi exclusivamente de hidrógeno y helio tras el Big Bang, eran monstruos gigantes, ardientes y de vida corta, cuyas explosiones deberían haber sido mucho más violentas y distintas a las que vemos hoy. Sin embargo, GRB 250314A sugiere que el proceso fundamental de la muerte estelar podría haber sido notablemente similar desde muy pronto en la historia cósmica.
El hallazgo, una colaboración entre los satélites SVOM (franco-chinos) y el James Webb, abre una ventana única. Cada señal así no es solo un dato; es una cápsula del tiempo que nos permite estudiar cómo eran y cómo murieron los primeros ladrillos del cosmos. Y, como señala Levan, con la capacidad del Webb, es probable que empecemos a encontrar más de estos ecos lejanos, iluminando la oscuridad de los primeros mil millones de años del universo.
La señal, afortunadamente, no representaba peligro alguno. Tras su viaje de 13 mil millones de años, esos rayos gamma llegaron a la Tierra demasiado débiles como para ser percibidos. Solo fueron un susurro casi imperceptible, captado por nuestros oídos tecnológicos, contándonos una historia ancestral de colapso, destrucción y, en última instancia, de los orígenes de los elementos que nos componen.

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