La órbita terrestre baja, un vacío que durante milenios fue dominio exclusivo de la luna y las estrellas, hoy palpita con un ritmo mecánico. Cada semana, cohetes atraviesan la atmósfera dejando tras de sí una estela de nuevos satélites, artefactos del tamaño de un escritorio que se instalan en autopistas a cientos de kilómetros de altura. Este flujo constante, liderado por las megaconstelaciones de Starlink, ha transformado la percepción de la órbita: ya no es una frontera infinita, sino un recurso estratégico, finito y codiciado.
