lunes, 26 de enero de 2026

El Memorando Olvidado de 1953 que Planteó Simular una Oleada OVNI



 En una casa tranquila de Evanston, Illinois, durante el verano de 1967, el polvo se asentaba sobre pilas de documentos desordenados. Jacques Vallée, metido en la habitación de trabajo de J. Allen Hynek, se dedicaba a la titánica tarea de organizar años de archivos ovni de la Fuerza Aérea. Entre carpetas manchadas y duplicados, sus dedos se toparon con una hoja marcada con un sello de tinta roja: “SECRETO / Seguridad de la Información”. La fecha era el 9 de enero de 1953. El remitente, un tal H.C. Cross del Battelle Memorial Institute. Para Vallée, aquella no era una carta más; era una pieza de un rompecabezas que alteraba la narrativa aceptada de cómo el gobierno estadounidense había abordado el enigma de los objetos voladores no identificados.

El documento, conocido posteriormente como el “Memorando Pentáculo”, no hablaba de platillos estrellados ni de cuerpos de otro mundo. En cambio, detallaba una propuesta fría y metodológica. Ante la falta de datos fiables, su autor recomendaba crear un experimento controlado de proporciones militares. La idea era seleccionar zonas de alta actividad ovni y saturarlas de equipos: vigilancia visual, radar, cámaras, todo lo necesario para registrar cualquier cosa en el cielo. Pero había una cláusula reveladora: “Muchos tipos diferentes de actividad aérea deben programarse secreta y deliberadamente dentro del área”. No se buscaba solo observar un fenómeno pasivo. Se sugería, en esencia, generar uno.

Un Panel Científico en la Sombra

La carta estaba dirigida al Capitán Edward J. Ruppelt, entonces director del Proyecto Libro Azul, y hacía referencia a una reunión crucial: el Panel Robertson, convocado por la CIA entre el 14 y el 16 de enero de 1953. El memorándum revelaba una tensión soterrada. Cross y su equipo, vinculados a algo llamado “Proyecto Stork”, urgían a que no se formara ese panel de científicos civiles hasta que sus propios análisis estuvieran completos. Al no lograrlo, exigían un acuerdo previo sobre “qué se puede y qué no se puede discutir” en esas reuniones.






Esto pintaba un escenario distinto al oficial. Mientras un grupo selecto de físicos eminentes se reunía en Washington para, en pocos días, concluir que los ovnis no representaban una amenaza y recomendar desacreditar los avistamientos, otro equipo con acceso a miles de casos proponía en paralelo una operación encubierta para simular oleadas ovni. La comunidad científica y el público recibieron las conclusiones del Panel Robertson. Las propuestas del Pentáculo quedaron bajo llave.

La Conexión Battelle y una Pista Persistente

La institución detrás de la carta, el Battelle Memorial Institute, no era una entidad cualquiera. Un laboratorio de investigación contratista de defensa de primer nivel, Battelle ya estaba analizando informes ovni para la Fuerza Aérea, trabajo que culminaría en el masivo “Informe Nº 14” de 1955. Pero la propuesta de Cross iba más allá del análisis estadístico. Como Vallée destacaría años después en una carta al investigador Barry Greenwood, proyectos anteriores como “Twinkle” fueron esfuerzos pasivos de observación. El Pentáculo, en cambio, planteaba una “simulación encubierta a gran escala”.

La reacción del propio Battelle al descubrimiento de Vallée en 1967 fue elocuente. Cuando Hynek confrontó a sus antiguos colegas pidiendo explicaciones, el individuo al que Vallée se refería como “Pentáculo” le arrebató sus notas airadamente, dejando claro que el tema era intocable. La furia sugería que aquel memorándum tocaba un nervio aún sensible, una línea de investigación que quizás nunca debió salir a la luz.

¿Experimento Teórico o Operación Realizada?

La pregunta que flota sobre estas páginas amarillentas es obvia: ¿se llevó a cabo el experimento? El memorándum en sí no lo prueba. Describe un plan tentativo, costoso y complejo, que requeriría una coordinación excepcional. Sin embargo, la mera existencia de la propuesta demuestra que, en los niveles más altos de la investigación clasificada, la concepción del fenómeno ovni era radicalmente diferente a la narrativa pública. No se trataba solo de identificar globos meteorológicos o aviones secretos; se contemplaba la posibilidad de interactuar con el fenómeno, de “cebarlo” para estudiar su reacción.

La idea de que agencias militares o de inteligencia pudieran generar avistamientos como parte de operaciones de recopilación de datos ha circulado en teorías marginales durante décadas. El Memorando Pentáculo sugiere que la semilla de esa idea se plantó oficialmente, y mucho antes de lo que muchos suponen. ¿Fue una línea de investigación abandonada? ¿O se convirtió en el prototipo de programas aún más herméticos?

Lectura Entre Líneas de un Diario Secreto

El valor último de este documento quizás no esté en una respuesta definitiva, sino en el marco histórico que corrige. Revela que, en los albores de la ufología moderna, ya existía una profunda fractura entre la investigación pública, destinada a la desmitificación, y la investigación clasificada, que operaba bajo premisas más audaces y metodológicamente complejas. Como escribió Vallée en su diario aquel día de 1967, el hallazgo mostraba “la naturaleza engañosa de las declaraciones hechas por el Pentágono”.

El fenómeno ovni ha estado siempre envuelto en un espejo de desinformación y percepción. El Memorando Pentáculo actúa como una grieta en ese espejo, permitiendo un atisbo de lo que ocurría al otro lado. No cuenta una historia de extraterrestres, sino una de burocracia, ciencia militar y la perdurable tentación humana de no solo observar el misterio, sino de manipularlo para desentrañar sus secretos. Su legado es una advertencia: para entender la historia completa, a veces hay que buscar no en los informes finales, sino en las recomendaciones preliminares que nunca debieron ser encontradas.

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