La luna Europa, envuelta en una coraza helada y azotada por la radiación de Júpiter, nos ha cautivado desde hace décadas. Bajo su corteza agrietada, los datos apuntaban a un vasto océano global de agua salada. Para los científicos, ese océano sepultado ha sido uno de los candidatos más serios –quizás el más serio– para buscar vida más allá de la Tierra. Un mundo con agua líquida, energía y quizás química compleja.
Por eso la NASA lanzó la misión Europa Clipper en 2024. Su objetivo: sobrevolar decenas de veces ese mundo, escudriñar su capa de hielo y tratar de entender qué hay debajo. La esperanza, aunque contenida, era palpable.
Un nuevo estudio, publicado en Nature Communications, introduce ahora un matiz importante. Y quizás desalentador.
Un equipo liderado por Paul Byrne, de la Universidad de Washington, ha analizado el tamaño, la composición y la dinámica interior de Europa. Su conclusión principal: el lecho marino de ese océano oculto podría ser tectónicamente inactivo. Un lugar "en calma", como lo describe Byrne.
¿Por qué esto importa? En la Tierra, la vida en las profundidades abisales no depende del Sol. Depende de la actividad geológica: de fuentes hidrotermales, de fracturas en la corteza que liberan calor y nutrientes químicos al agua. Esa actividad recicla elementos y proporciona la energía química que podría sostener ecosistemas microbianos.
El estudio sugiere que el núcleo rocoso de Europa podría haberse enfriado hace eones. Y que, a diferencia de su vecina Ío –un infierno volcánico–, las fuerzas de marea de Júpiter no son suficientes aquí para "calentar" su interior lo necesario. Sin ese motor geológico en marcha, el océano, aunque líquido, podría ser un desierto químico desde el punto de vista de la vida tal como la conocemos.
Es una hipótesis, no una sentencia. La ciencia avanza así: contrapesando esperanzas con nuevos modelos, reevaluando constantemente. Europa Clipper llegará a Júpiter en 2030. Sus instrumentos están diseñados precisamente para testear estas ideas, para medir el espesor del hielo, la salinidad del océano y buscar señales de actividad reciente o penachos de agua.
El viaje continúa. Pero ahora con una pregunta más nítida: ¿es Europa un océano vivo, o un océano fósil, inmenso y silencioso?

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