En una caja de archivo, protegidos del polvo y la incuria del tiempo, reposaban setenta y cinco mil páginas de papel continuo. Sus márgenes perforados y las secuencias de números y letras impresas en tinta, ya desvanecida, parecían un artefacto arqueológico de una era tecnológica pretérita. Eran los ecos crudos del radiotelescopio "Big Ear", registrados meticulosamente noche tras noche en 1977. Medio siglo después, esos trazos físicos, salvados por la tenacidad de voluntarios, han revelado que el universo nos habló con una voz más potente de lo que jamás habíamos creído escuchar.
