En un hotel de Portugal, en 1946, el cuerpo sin vida del campeón mundial de ajedrez Alexander Alekhine fue hallado frente a un tablero con una partida a medio jugar. La versión oficial habló de un atragantamiento. Otros, de un posible envenenamiento. Su muerte, justo cuando estaba pactado un duelo por la corona contra el soviético Mikhail Botvinnik, no fue un trágico accidente aislado, sino un episodio temprano en una larga crónica donde el juego ciencia ha servido como campo de batalla para influencia, poder e ideología.
Durante décadas, la Unión Soviética, y posteriormente Rusia, no solo produjeron grandes maestros, sino que convirtieron el ajedrez en un instrumento de soft power. Ocho de los nueve campeones mundiales entre 1948 y 1972 fueron soviéticos. Figuras como Botvinnik, Spassky, Karpov y Kasparov no solo eran admirados por su genio, sino elevados a símbolos de la supuesta superioridad intelectual de un sistema.
La Diplomacia de las Piezas Negras y Blancas
Este control trascendió el tablero para instalarse en las mismas instituciones que rigen el juego. En 1995, Kirsan Ilyumzhinov, un excéntrico político ruso y líder de la república de Kalmukia, asumió la presidencia de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE). Su mandato, de 23 años, estuvo marcado por excentricidades como afirmar haber sido abducido por extraterrestres, pero también por sombras. En 2015, las sanciones de Estados Unidos lo alcanzaron por presuntamente actuar como intermediario entre el régimen de Bashar al-Ásad y el Estado Islámico para la venta de petróleo, un escándalo que puso en riesgo la estabilidad financiera de la FIDE.
Su salida allanó el camino para otro ruso: Arkady Dvorkovich, exviceprimer ministro de Rusia. Su elección en 2018, según reportes de medios como The Guardian y Financial Times, fue el resultado de una intensa presión diplomática de Moscú sobre las federaciones nacionales. Dvorkovich representaba la continuación de un canal de influencia ruso en el deporte global, un "ventanillo" crucial en un momento donde otras federaciones deportivas aislaban a Rusia por el dopaje estatal y, posteriormente, por la guerra.
Rey contra Rey: La Batalla Ideológica en el Tablero
Las rivalidades dentro del ajedrez a menudo reflejaron fracturas políticas más amplias. El duelo épico entre Anatoly Karpov y Garry Kasparov en los años 80 fue más que un enfrentamiento deportivo. Karpov, el "hombre del sistema", decorado por Leonid Brézhnev, versus Kasparov, el joven rebelde de origen armenio-judío. Su pugna coincidió con el ocaso de la URSS y el surgimiento de la perestroika.
Kasparov, siempre confrontacional, llevó su rebeldía más allá de las 64 casillas. En 1993, rompió con la FIDE para crear una asociación rival, acusando a la federación de estar infiltrada por servicios de seguridad rusos. En la política, se convirtió en un férre opositor a Vladimir Putin, lo que le valió arrestos y ataques físicos. En un giro irónico, durante uno de esos arrestos en 2007, fue Karpov, su némesis histórica, quien acudió públicamente a mostrar su apoyo, separando al hombre del rival y al jugador de la lucha política.
Guerra, Sanciones y el Futuro del Juego
La invasión rusa a Ucrania en 2022 tensó esta trama al máximo. La comunidad ajedrecística se dividió. Mientras 44 maestros rusos, incluida la estrella Ian Nepomniachtchi, firmaron una carta abierta contra la guerra, otros como Sergey Karjakin, nacido en Crimea, ofrecieron un apoyo abierto al Kremlin, lo que le valió una suspensión de la FIDE por dañar la reputación del juego.
El propio Dvorkovich, en un movimiento inesperado, condenó el conflicto, afirmando que sus "pensamientos están con los civiles de Ucrania". Esta postura, interpretada por algunos como una jugada forzada para conservar su cargo en una organización global, le costó su posición en Rusia, siendo presionado para renunciar a otros cargos públicos. Aun así, fue reelegido al frente de la FIDE, demostrando la compleja autonomía de la institución.
Hoy, el dominio ruso enfrenta nuevos desafíos. El centro de gravedad del ajedrez se desplaza hacia potencias como India y China, como lo demostró el triunfo del joven indio Gukesh Dommaraju en 2024. La pregunta que flota sobre el tablero es si Moscú, empeñada en mitificar un pasado de gloria soviética, seguirá viendo el ajedrez como un teatro esencial de poder, o si el juego, por fin, se liberará para ser solo eso: un juego. Una partida donde, a diferencia de la geopolítica, las reglas son claras y los jaques mates, por lo menos, son incontestables.
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