La fronda espesa de la Isla Ngamba absorbe los sonidos del lago Victoria. Allí, un chimpancé observa dos cajas opacas. Un investigador da una primera señal, una pista vaga sobre dónde podría estar escondida la comida. El primate elige. Pero luego, aparece una segunda evidencia, más clara, más contundente, que apunta a la otra caja. En ese instante de quietud, algo ocurre dentro de su mente. No se trata de un simple cambio de atención, sino de un proceso interno de reevaluación. Finalmente, el chimpancé abandona su elección inicial y se dirige hacia la nueva opción. Un acto de racionalidad pura, desprovisto de lenguaje, ha tenido lugar en la selva.
Cuando la Evidencia Pesa Más que la Intuición
Un equipo de científicos de la Universidad de California en Berkeley y la Universidad de Utrecht diseñó este experimento meticuloso. Su objetivo era claro: determinar si los chimpancés eran capaces de revisar sus creencias ante nueva información, un pilar del razonamiento lógico humano. El diseño controlaba variables como el impulso de seguir simplemente la última señal o la preferencia por un lado específico. Los modelos computacionales analizaron cada decisión, buscando patrones que fueran más allá del azar o el instinto.
Los resultados, publicados en la revista Science, mostraron que un número significativo de chimpancés ajustaba su comportamiento según la fuerza de la nueva prueba. No ignoraban la primera pista, sino que la integraban con la segunda, sopesando la fiabilidad de cada una para tomar una decisión final óptima. Este proceso, conocido como "revisión bayesiana de creencias", implica un nivel de flexibilidad cognitiva que se creía exclusivo de nuestra especie.
La Sombra Ancestral del Pensamiento Flexible
Uno de los autores del estudio comparó este proceso con el de un niño humano de alrededor de cuatro años. La capacidad no reside en la complejidad del pensamiento abstracto, sino en su maleabilidad. La frontera que separaba al hombre, el "animal racional", del resto de los seres vivos se torna porosa. El descubrimiento sugiere que los cimientos de la racionalidad no son una creación repentina del cerebro humano, sino un rasgo evolutivo que se viene desarrollando desde hace millones de años, compartido con nuestros parientes más cercanos.
Esta flexibilidad mental tiene un valor de supervivencia incalculable. En un entorno cambiante, aferrarse a una creencia errónea puede ser fatal. La capacidad de actualizar hipótesis frente a datos nuevos otorga una ventaja adaptativa crucial. Lo que se observa en Ngamba puede ser el eco de esa antigua carrera evolutiva, todavía activa en las mentes de quienes habitan los árboles.
Un Mapa Cognitivo por Descifrar
La investigación no se detiene aquí. El equipo planea ampliar estas pruebas a otras especies de primates, con la ambición de trazar un mapa comparativo de la cognición racional. Cada experimento es una pieza para armar el rompecabezas de cuándo y cómo emergió la capacidad de dudar y recalcular. Este hallazgo se une a un cuerpo de conocimiento creciente: cuervos que planifican, elefantes que muestran autoconciencia, pulpos que resuelven problemas. Cada uno desdibuja, un poco más, la línea antropocéntrica.
Al final, el legado de los chimpancés de Ngamba trasciende el laboratorio. Su mirada serena nos invita a reconsiderar no solo su lugar en el mundo, sino el nuestro. Durante siglos, definimos "pensar" como un monólogo interior articulado con palabras. Quizás sea el momento de entenderlo, también, como ese silbido sordo de la razón que surge cuando la evidencia clama más fuerte que la presunción, una capacidad que, al parecer, no nació con nosotros, sino que nos precede y nos acompaña desde las ramas más antiguas del árbol de la vida.

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