miércoles, 11 de febrero de 2026

¿Viven entre nosotros seres de otro universo? La nueva hipótesis que sacude la astrofísica


 En 1962, Frank Drake reunió en un observatorio de Virginia Occidental a un puñado de científicos para una conversación que duraría décadas. El astrónomo estadounidense trazó en una pizarra una ecuación que intentaba calcular cuántas civilizaciones inteligentes podrían estar enviando señales al vacío en este mismo instante. Siete variables. Siete incógnitas. Siete puertas hacia lo desconocido.

Más de sesenta años después, un equipo de investigadores suizos y británicos ha decidido añadir una nueva habitación a esa construcción teórica. No se trata solo de preguntarse cuántos seres inteligentes habitan nuestro universo. La cuestión ahora es si provienen de otro completamente distinto.

La variable que Drake no contempló

La energía oscura no figuraba en la pizarra de Drake. En los años sesenta, su existencia ni siquiera era una sospecha generalizada. Hoy sabemos que constituye aproximadamente el 68% del contenido energético del cosmos, aunque nadie puede explicar qué es exactamente.

Daniele Sorini, investigador del Instituto de Cosmología Computacional de la Universidad de Durham, explica con honestidad poco común en la ciencia: “Podemos medir su densidad, pero no sabemos realmente cuál es”.

Junto a sus colegas, Sorini ha publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society un modelo teórico que relaciona esta fuerza fantasma con la formación estelar. Las estrellas, recuerda el equipo, son el único horno donde se cocinan los elementos pesados —carbono, oxígeno, hierro— que hacen posible la vida. Sin ellas, no existirían planetas rocosos, ni océanos, ni metabolismo. Sin ellas, el universo sería un lugar muerto.

El hallazgo es tan simple como inquietante: si la densidad de energía oscura en el cosmos fuera aproximadamente una décima parte de lo que es ahora, la formación estelar sería un 4% más eficiente. En ese escenario hipotético, el 27% de la materia ordinaria se convertiría en estrellas. En nuestro universo, esa cifra es del 23%.

Estamos, sugiere el estudio, en un universo bastante bueno para la vida. Pero no en el mejor.

El principio antrópico como brújula

Existe una corriente de pensamiento que sostiene que debemos usar nuestra propia existencia como herramienta de medición cósmica. Si estamos aquí, el universo debe tener propiedades compatibles con la vida. Esto no es una trivialidad: cuando Steven Weinberg, premio Nobel de Física, aplicó este razonamiento a la energía oscura a finales de los ochenta, llegó a conclusiones que hoy sus colegas rescatan y expanden.

Weinberg intuyó que si la energía oscura fuera mucho más densa, su efecto repulsivo desgarraría el tejido del espacio antes de que las primeras galaxias pudieran unirse. Sin galaxias, sin estrellas. Sin estrellas, sin nosotros. Nuestra existencia, por tanto, impone un límite superior a esa fuerza misteriosa.

El trabajo de Sorini y sus colegas va un paso más allá. No solo confirma ese límite, sino que cartografía todo el espectro de universos posibles donde la energía oscura adopta distintos valores. El nuestro ocupa un lugar curioso: está cerca del óptimo, pero no lo alcanza.

La pregunta surge de forma natural. Si nuestro universo no es el más eficiente para producir vida, ¿por qué no habitamos aquel otro?

El 99,5% de los universos ignorados

Aquí la reflexión adopta un giro vertiginoso. Los investigadores modelaron un multiverso hipotético donde cada cosmos contiene una densidad de energía oscura diferente. En ese escenario, un observador inteligente podría aparecer en cualquiera de ellos, siempre que las condiciones lo permitan.

Los cálculos arrojan un dato que parece contradictorio a primera vista: el 99,5% de los universos con observadores inteligentes tienen más energía oscura que el nuestro. Es decir, casi todos los seres capaces de hacerse esta misma pregunta habitarían cosmos teóricamente menos favorables para la vida.

“No hay ninguna contradicción”, aclara Sorini. Individualmente, los universos con alta densidad de energía oscura albergan menos estrellas y, por tanto, menos probabilidades de que surja inteligencia. Pero hay muchos más. Cuando se suman, su contribución total al número de observadores supera a la de universos más eficientes como el nuestro.

La implicación es delicada y tiembla en el filo de lo especulativo. Si el multiverso existe, es probable que la mayoría de las civilizaciones inteligentes miren al cielo desde cosmos más yermos, menos generosos, con menos estrellas brillando en sus noches.

Un experimento mental, no una afirmación

Sorini insiste en un matiz crucial. Su artículo no demuestra que existan otros universos ni que haya criaturas inteligentes asomándose a sus respectivos firmamentos. Tampoco afirma que entidades de dimensiones paralelas caminen entre nosotros.

“Que el escenario del multiverso sea real o no es irrelevante”, subraya. “Es un experimento mental para comprender si podemos ofrecer una explicación adecuada del desconcertante valor observado de la densidad de energía oscura en nuestro universo, basándonos en el hecho de que existimos”.

La herramienta no es un telescopio ni un acelerador de partículas. Es la lógica antrópica. Y su poder no reside en confirmar lo que hay, sino en señalar lo que podría haber.

La pregunta que permanece

Sesenta años después de que Drake escribiera su ecuación, la astrofísica ha recorrido un camino asombroso. Hemos detectado ondas gravitacionales, fotografiado la sombra de un agujero negro, confirmado la existencia de miles de exoplanetas. Pero la pregunta original sigue sin respuesta: ¿hay alguien ahí fuera?

El trabajo de Sorini y sus colegas añade una nueva capa a ese misterio. Si nuestro universo no es el más hospitalario para la vida, quizás la vida no nos busca porque está ocupada en otra parte. O quizás mira hacia arriba y, como nosotros, solo encuentra silencio.

La energía oscura seguirá expandiendo el cosmos, separando galaxias, enfriando el futuro. Mientras tanto, en este rincón del universo —no óptimo, pero sí posible— unos seres conscientes intentan entenderse a sí mismos observando la luz de estrellas que ya no existen.

El experimento mental ha comenzado. Sus resultados, como todo lo que merece la pena, tardarán en llegar.


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