El radiotelescopio de Arecibo ya no existe. El de Green Bank sigue escuchando el cosmos. Durante setenta años, los científicos han apuntado sus antenas hacia las estrellas esperando captar esa señal inequívoca: un pulso, una modulación, un saludo interestelar. Pero quizás han estado buscando en la dirección equivocada. No en las frecuencias, sino en la geología.
Un equipo de investigadores acaba de publicar en la Revista Internacional de Astrobiología una propuesta que desplaza el foco de la búsqueda de inteligencia extraterrestre desde la radioastronomía hacia la paleontología y la tectónica de placas. Su razonamiento es tan simple como inquietante: sin grandes depósitos superficiales de carbón de alta densidad energética, ninguna civilización tecnológica puede alcanzar el nivel necesario para comunicarse a distancias interestelares.
La paradoja del acero
Lincoln Taiz, profesor emérito de Biología Vegetal en la Universidad de California, Santa Cruz, y autor principal del estudio, plantea un escenario que conecta la Revolución Industrial inglesa con la posibilidad de encontrar vida inteligente en otros mundos. La secuencia es ineludible: para construir radiotelescopios capaces de enviar y recibir señales a través de años luz, primero hay que dominar la metalurgia del acero. Y para fabricar acero en cantidades industriales, se necesita coque, un derivado del carbón bituminoso.
Las primeras minas de carbón en la Tierra rara vez superaban los treinta metros de profundidad. Sin embargo, los pozos petroleros que alimentaron el siglo XX se encontraban a más de mil metros bajo la superficie. Para llegar a ellos, se requerían brocas de acero. Y para fabricar esas brocas, hacía falta carbón. Es un bucle tecnológico que, según los autores, solo puede romperse si el planeta en cuestión ha acumulado durante cientos de millones de años reservas de carbón accesibles y de alta densidad energética.
La ventana de oportunidad planetaria
En la Tierra, ese carbón no siempre estuvo disponible. Los grandes depósitos de carbón bituminoso que alimentaron la Revolución Industrial se formaron durante un período específico: hace entre 330 y 260 millones de años, durante los períodos Carbonífero y Pérmico. Durante esos setenta millones de años, las condiciones fueron excepcionales. Bosques pantanosos enterrados antes de que los microorganismos desarrollaran la capacidad de descomponer eficientemente la madera, placas tectónicas en movimiento creando cuencas de sedimentación, y un nivel freático que preservaba la materia orgánica.
El Homo sapiens apareció hace apenas trescientos mil años. La Revolución Industrial comenzó hace dos siglos. El carbón llevaba esperando bajo tierra más de cien millones de años.
Si nuestra especie hubiera evolucionado antes, en el Cretácico o el Jurásico, se habría encontrado con depósitos de carbón aún inmaduros, lignitos de baja densidad energética incapaces de alimentar altos hornos. Si hubiera llegado después, quizás el carbón ya estaría demasiado profundo o demasiado degradado. La sincronía entre evolución biológica y maduración geológica resulta ser un factor crítico.
Señales de combustión
Los autores del estudio sugieren que podríamos detectar estas civilizaciones industriales no por sus radiotelescopios, sino por los residuos de su actividad fabril. La combustión de carbón genera una firma química característica: dióxido de carbono, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, metales pesados y partículas de hollín en suspensión. Una combinación difícil de explicar por procesos naturales.
Sin embargo, existe un problema temporal. La fase de combustión intensiva de carbón en una civilización tecnológica probablemente sea breve en términos geológicos. Quizás unos pocos siglos, tal vez un milenio. Después, las partículas se sedimentan, los gases se dispersan y la atmósfera recupera su equilibrio. La ventana de observación sería extraordinariamente estrecha.
La rareza de la sincronía
Taiz y sus colegas introducen un factor de contingencia que complica aún más las estimaciones optimistas sobre la abundancia de civilizaciones tecnológicas en la galaxia. La hipótesis de la Tierra Rara, formulada por Peter Ward y Donald Brownlee a finales de los noventa, ya señalaba la improbable concatenación de factores que permitió la aparición de vida compleja en nuestro planeta. Ahora, este nuevo estudio añade un eslabón adicional: la necesidad de que la evolución biológica y la maduración geológica del carbón coincidan en el tiempo.
La fotosíntesis oxigénica, la acumulación de biomasa, la tectónica de placas, la deriva continental, la formación de cuencas sedimentarias, el enterramiento profundo, la maduración térmica del carbón y, finalmente, la evolución de una especie con capacidad tecnológica. Cada uno de estos pasos requiere no solo que ocurra, sino que ocurra en el orden correcto y en el momento adecuado.
Quizás por eso el cielo permanece en silencio. No porque no haya civilizaciones ahí fuera, sino porque la mayoría nunca encuentra la llave geológica que abre la puerta a las estrellas.

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