martes, 10 de febrero de 2026

Dos cicatrices en la piel de la Tierra: las grietas que están partiendo África en silencio


 Desde las alturas, África parece un territorio inmutable, un bastión continental de contornos definidos desde hace eones. Pero esa quietud es un espejismo. La superficie terrestre guarda una pulsación lenta, un latido geológico que solo instrumentos de precisión y ojos entrenados pueden captar. En el este del continente, y en la sutura que lo une a Asia, el suelo se está desgarrando. Dos fracturas tectónicas de proporciones épicas avanzan, milímetro a milímetro, hacia un futuro donde los mapas actuales quedarán obsoletos. La ciencia ya no solo lo presupone; lo confirma con datos.

El lento parto de un océano

La Gran Grieta Africana, el Rift de África Oriental, es una herida abierta de más de 3.500 kilómetros. Aquí, las placas Somalí y Nubia se alejan la una de la otra. La velocidad es tan ínfima que desafía la percepción humana, comparable al crecimiento de las uñas. Sin embargo, su constancia a lo largo de 35 millones de años ha creado valles profundos, lagos alargados como Tanganica y una cadena de volcanes que incluye algunos de los más activos del planeta. La fuerza motriz es titánica: una vasta columna de roca sobrecalentada, conocida como el superplume africano, asciende desde las profundidades del manto, abombando y debilitando la corteza desde dentro. Satélites y redes GPS mapean hoy su expansión no solo en longitud, sino también en anchura, documentando en tiempo casi real el nacimiento de una futura cuenca oceánica.

Una falla que se negó a morir

Mientras la atención se centra en el este, otro proceso geológico, dado por muerto, muestra signos de vida. Es el rift del golfo de Suez, la fisura que separa la península del Sinaí del continente africano. La creencia predominante era que su actividad cesó hace millones de años. Investigaciones recientes, lideradas por geocientíficos como David Fernández-Blanco, han revisado esa sentencia. El análisis de sedimentos, la topografía de fallas y la evidencia de antiguos arrecifes levantados varios metros revelan que la separación continúa, a un ritmo de medio milímetro anual. Es una prueba contundente de que el proceso de ruptura entre África y Arabia no ha concluido; solo ha reducido su marcha a un susurro tectónico.

El mapa futuro: un continente menos, dos mares más

Las implicaciones a escala de tiempo geológico son profundas. Si el Rift de África Oriental completa su travesía, un bloque continental compuesto por Somalia, Eritrea, Yibuti y partes de Etiopía, Kenia, Tanzania y Mozambique se separará flotando sobre un nuevo mar. Simultáneamente, la reanimada actividad en el golfo de Suez sugiere que esta brecha podría ensancharse siguiendo el modelo del mar Rojo, creando otra vía marítima entre África y Asia. Será un trabajo de decenas de millones de años, un destino que ninguna civilización humana actual presenciará.

Este lento redibujar de los continentes no es una anomalía, sino la norma en un planeta dinámico. Es el mismo mecanismo que, partiendo de Pangea, dio forma al mundo moderno. Las dos grandes grietas africanas son recordatorios activos de que la Tierra es un escenario en movimiento perpetuo. Sus cambios, imperceptibles en una vida humana, escriben con letras de roca y magma el próximo capítulo de la geografía del planeta.


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