miércoles, 11 de febrero de 2026

El último habitante de la Tierra no será humano: la ciencia tiene nombre y ocho patas


 Mientras los informes sobre catástrofes climáticas se acumulan y los boletines noticiosos alternan entre tensiones geopolíticas y el paso cercano de asteroides, una pregunta incómoda se abre paso entre los científicos que estudian el fin del mundo: ¿qué pasaría si, tras todo eso, alguien se queda?

No se trata de una metáfora. En laboratorios de Oxford y Harvard, físicos y bilogos han pasado años modelando los peores escenarios imaginables para el planeta. Supernovas a quemarropa, estallidos de rayos gamma capaces de freír la atmósfera, impactos de cuerpos celestes del tamaño de naciones enteras. Y en todos ellos, una y otra vez, la misma criatura emerge intacta de las simulaciones. Mide menos de un milímetro y medio. Se le conoce como oso de agua. Y probablemente existirá cuando ni siquiera quede quien recuerde nuestro nombre.

Ocho patas, cero fragilidad

El tardígrado no impresiona a simple vista. Bajo un microscopio electrónico parece un cruce improbable entre un insecto prehistórico y un personaje de animación infantil. Ocho patas regordetas rematan un cuerpo segmentado que avanza con torpeza sobre musgos y líquenes. Pero bajo esa apariencia modesta se esconde el organismo animal más resistente jamás registrado.

Los biólogos llevan décadas sometiéndolos a pruebas que matarían a cualquier otra forma de vida compleja. Los han congelado a temperaturas cercanas al cero absoluto. Los han calentado hasta ciento cincuenta grados. Los han deshidratado durante treinta años seguidos. Los han expuesto al vacío del espacio y a dosis de radiación mil veces superiores a las que matarían a un ser humano. Y cuando los devuelven a condiciones normales, los tardígrados rehidratan sus cuerpos y reanudan su existencia como si nada hubiera ocurrido.

El secreto, si puede llamarse así, reside en un estado biológico que desafía nuestras categorías habituales sobre la vida y la muerte. Ante la amenaza, expulsan el noventa y cinco por ciento del agua de sus células, se contraen hasta formar una minúscula cápsula y suspenden todo proceso metabólico detectable. Los japoneses llaman a ese estado muyo, una palabra que evoca el sueño profundo pero también la latencia, la espera sin tiempo. Pueden permanecer así décadas, siglos quizá, hasta que el agua regresa.

Lo que el cielo no puede lanzarles

Un estudio publicado en 2017 por físicos de Oxford y Harvard decidió llevar la resistencia de los tardígrados a su límite teórico. No se trataba ya de probar su tolerancia al calor o la desecación, sino de preguntarse qué tendría que ocurrir para borrarlos definitivamente del planeta.

Los investigadores recorrieron uno por uno los grandes eventos catastróficos que pueblan nuestra imaginación colectiva. Un asteroide, descubrieron, tendría que ser extraordinariamente masivo para acabar con ellos. No bastaría con levantar polvo y provocar un invierno nuclear. Habría que hervir los océanos por completo. De los miles de cuerpos que surcan el sistema solar, apenas una docena alcanza la masa necesaria para producir semejante calentamiento global. Plutón, por ejemplo, o Eris. Ninguno de ellos se espera que intercepte la órbita terrestre en los próximos miles de millones de años.

Una supernova, por su parte, tendría que explotar a menos de una décima de año luz de distancia para evaporar los mares. La estrella más cercana al Sol, Próxima Centauri, está cuatrocientas veces más lejos. Los estallidos de rayos gamma, los eventos más violentos del cosmos conocido, necesitarían originarse a menos de cuarenta años luz. Es posible, desde luego, pero improbable antes de que el propio Sol entre en su fase final.

Los físicos fueron claros en sus conclusiones: salvo que algo literalmente hierva todos los océanos del planeta, los tardígrados seguirán aquí. Indiferentes, inalterables, perpetuando un linaje que comenzó hace más de quinientos millones de años.

El peligro que viene de nosotros

Existe, sin embargo, una amenaza más inmediata para la vida compleja en la Tierra. Y no llegará del espacio interestelar, sino de los propios seres humanos.

Un estudio publicado en mayo de 2023 en AGU Advances modeló los efectos de una guerra nuclear a gran escala. Los resultados, simulados por investigadores de la Universidad de Colorado Boulder, dibujan un panorama sombrío. El hollín generado por los incendios en ciudades y bosques ascendería a la atmósfera superior y bloquearía la luz solar durante aproximadamente una década. Las temperaturas globales caerían diez grados en los tres años posteriores al conflicto. Los océanos, que hoy regulan el clima planetario, se enfriarían con rapidez y desarrollarían extensas capas de hielo marino.

La cadena trófica marina, dependiente de la fotosíntesis del fitoplancton, colapsaría en cascada. Las algas desaparecerían; los peces que se alimentan de ellas, también; los mamíferos marinos que dependen de esos peces, igualmente. «Si las algas desaparecen, todo lo demás también desaparece», advirtió Nicole Lovenduski, una de las autoras del estudio.

Los tardígrados, mientras tanto, permanecerían en sus musgos y líquenes, tal vez entrando en criptobiosis si las condiciones se vuelven demasiado secas o frías. Esperarían. Es lo que mejor saben hacer.

El único final posible

Pero incluso ellos tienen un límite. Y ese límite no lo marcarán las bombas ni los asteroides, sino el propio Sol.

Dentro de unos cinco mil millones de años, nuestra estrella agotará el hidrógeno que alimenta sus reacciones nucleares. Comenzará entonces una transformación lenta e inexorable. Su núcleo se contraerá mientras sus capas externas se expanden, engullendo a Mercurio, Venus y probablemente también a la Tierra. Mucho antes de que el frente de plasma alcance nuestro planeta, la radiación creciente habrá evaporado los océanos, despojado a la atmósfera de sus gases y convertido la superficie en un desierto seco y abrasador.

Ese será el punto final. Ni siquiera los tardígrados, con su capacidad de espera infinita, podrán resistir la ausencia total de agua. Tal vez algunas bacterias extremófilas prolonguen su existencia durante unos millones de años más, en refugios subterráneos o en restos de hielo en las regiones polares. Pero la vida, tal como la conocemos, habrá terminado.

Una lección silenciosa

Mientras tanto, aquí estamos. Construyendo ciudades, firmando tratados, lanzando sondas a otros planetas. Nos creemos dueños de un mundo que, en realidad, apenas tolera nuestra presencia. Los tardígrados no necesitan protegerse del vacío espacial ni de la radiación gamma. Nosotros necesitamos atmósfera, temperatura estable, agua líquida, cadenas de suministro y sistemas agrícolas. Ellos, solo tiempo.

En algún lugar, ahora mismo, un oso de agua avanza torpemente sobre una hoja húmeda. No sabe que los físicos lo han declarado el ser vivo más resistente del planeta. No le importa. Simplemente existe, como ha existido durante más de medio millón de siglos. Y cuando los últimos humanos hayan desaparecido, cuando nuestras ciudades sean polvo y nuestros satélites ruinas silenciosas en la órbita vacía, él seguirá ahí..... Esperando.


Estudio

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