miércoles, 11 de febrero de 2026

Los archivos sumergidos: 21 contactos con lo desconocido en los registros militares de EE.UU.


 En el silencio de la sala de sonar, entre las lecturas del océano profundo y los perfiles acústicos de buques de guerra, aparecía algo que no debía estar allí. Una señal. Rápida, coherente, mecánica. Pero no provenía de ningún barco conocido, ni de ningún submarino aliado o enemigo. En la bitácora, el operador anotaba una sola palabra: “No identificado”. Luego, el expediente se cerraba y se archivaba.

Esa escena, repetida en más de una veintena de ocasiones según un ex técnico de sonar de la Guerra Fría, forma parte de una capa poco conocida del fenómeno ovni: la que ocurre bajo el agua.

En 2024, un documento desclasificado del Pentágono —elaborado por la Oficina de Resolución de Anomalías de Todos los Dominios (AARO)— reconoció 21 encuentros con objetos no identificados que la inteligencia militar estadounidense no ha podido explicar. Pero la novedad no radica en el número de casos, sino en su procedencia: varios de ellos no fueron detectados en el cielo, sino en las profundidades.

Las bitácoras que guardaban otro tipo de señales

En comunidades digitales de exmilitares y entusiastas del fenómeno, un usuario identificado como Dabier comenzó a hacer preguntas. Había encontrado una publicación aislada sobre los speedsters —“velocistas”—, un término no oficial con el que algunos operadores de sonar se referían a contactos submarinos imposibles. Un veterano retirado de submarinos, con décadas de silencio institucional a cuestas, accedió a hablar.

Trabajaba en la sala de sonar. Su trabajo consistía en distinguir una ballena de un submarino nuclear, un cardumen de un torpedo. Pero había registros que no encajaban en ninguna categoría. Contactos que aparecían sin previo aviso, se movían a velocidades muy superiores a las de cualquier vehículo tripulado conocido y luego desaparecían, sin dejar rastro.

Esa información no se destruía, pero tampoco se difundía. Se asentaba en una bitácora especial, un archivo paralelo donde la palabra “no identificado” era la única respuesta posible.

Sonidos que no deberían existir

El testimonio del exsonarista describe algo más que objetos rápidos. Habla de texturas acústicas inusuales: zumbidos constantes, frecuencias sostenidas, patrones que no se asemejaban a la biología marina ni a la mecánica humana. “Algo que claramente no es natural, pero que no se parece a ningún barco que hayan escuchado jamás”, resume el veterano.

La existencia de estos expedientes plantea una pregunta incómoda para la narrativa oficial: ¿cuánto de lo que se sabe sobre fenómenos aéreos no identificados tiene también una contraparte submarina? Durante años, el foco del Congreso y de la opinión pública se concentró en los encuentros de pilotos de la Armada con objetos en el cielo, como los célebres casos del USS Nimitz o el USS Theodore Roosevelt. Pero los velocistas operan en otro dominio, igual de estratégico y quizá más opaco.

La AARO, creada precisamente para centralizar y desclasificar información sobre estos fenómenos, ha reconocido oficialmente los 21 casos. Sin embargo, no ha detallado cuántos de ellos ocurrieron en entornos marítimos, ni qué tecnologías se utilizaron para detectarlos. El hermetismo persiste.

El mar como zona de silencio

Los océanos cubren más del setenta por ciento del planeta y son, en gran medida, territorio inexplorado. Para la inteligencia militar, representan una frontera ruidosa y opaca, saturada de señales acústicas, térmicas y magnéticas. En ese caos, los operadores de sonar aprenden a distinguir lo relevante. Y cuando aparece una señal que no encaja, pero que tampoco es una amenaza identificable, se archiva.

El veterano consultado por Dabier no sabe qué ocurrió después con esos registros. Supone que el archivo y las grabaciones se enviaban periódicamente desde el submarino a algún destino desconocido. No hubo explicaciones, ni informes de vuelta, ni seguimiento visible. Solo la certeza de que, en algún momento, alguien más tuvo que enfrentarse a esa misma señal incomprensible.

En la era de la posverdad y la hiperinformación, el fenómeno de los objetos no identificados ha pasado de ser un reducto de la ufología marginal a una cuestión de seguridad nacional tratada en comités del Senado. Pero el caso de los velocistas submarinos sugiere que el gobierno de Estados Unidos no solo sabe más de lo que dice, sino que lleva décadas acumulando información sobre algo que no entiende del todo.

Mientras tanto, bajo la superficie, las bitácoras siguen registrando aquello que no tiene nombre.

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