A casi tres mil kilómetros bajo nuestros pies, en la frontera entre el manto y el núcleo externo, la Tierra guarda un secreto. No son cavernas huecas ni mundos perdidos, sino dos colosales estructuras de material anómalo. Su tamaño rivaliza con el de África, pero su influencia es más sutil y poderosa: durante 265 millones de años, han distorsionado de forma persistente el campo magnético que protege al planeta.
La confirmación de estas masas, conocidas como Grandes Provincias de Baja Velocidad Sísmica (LLSVPs), tardó décadas en llegar. Su existencia se insinuó a finales de los setenta en los sismógrafos, que detectaron cómo las ondas de los terremotos se frenaban de manera extraña al atravesar zonas específicas del manto profundo. No son bloques sólidos y definidos, sino vastas regiones irregulares donde la roca es más densa, más caliente y químicamente distinta a su entorno. Un "anillo" de material más frío las rodea, creando un contraste térmico monumental en las profundidades.
El termostato profundo del geodínamo
El núcleo externo de la Tierra es una esfera de hierro y níquel fundidos en constante movimiento convectivo. Este flujo metálico, impulsado por la pérdida de calor del planeta, actúa como una dinamo gigante que genera el campo magnético. La nueva investigación revela que las LLSVPs y sus bordes fríos actúan como un termostato irregular para este sistema.
Las diferencias extremas de temperatura en la base del manto alteran la manera en que el calor escapa del núcleo. En algunas zonas, el flujo de hierro líquido se acelera; en otras, se frena. Esta asimetría termoquímica impone una huella en el campo magnético resultante, inclinándolo y distorsionando su forma lejos de la simetría simple de un imán de barra.
Simulaciones que desvelan una asimetría milenaria
Para probar esta hipótesis, científicos de la Universidad de Liverpool ejecutaron complejas simulaciones de geodinamo en supercomputadoras. Compararon un modelo con un manto uniforme y otro que incorporaba la presencia de estas provincias anómalas. Solo el segundo escenario fue capaz de reproducir las irregularidades y los patrones específicos que los instrumentos miden en el campo magnético actual.
Los datos sugieren que algunas características del campo han mostrado una estabilidad sorprendente a lo largo de cientos de millones de años, ancladas precisamente por la influencia de estas estructuras profundas. Otras zonas han experimentado cambios más dinámicos, reflejando la compleja interacción entre el núcleo y el manto.
Reescribiendo la historia del planeta
Este hallazgo trasciende la geofísica pura. Si el campo magnético no ha sido simétrico a lo largo del tiempo, como se asumía, se requieren reajustes en varias disciplinas. La paleogeografía, que reconstruye la deriva de los continentes, depende de registros magnéticos antiguos "leídos" en las rocas. Una fuente de distorsión constante y predecible como las LLSVPs permite afinar esos mapas del pasado.
"Esto puede ayudar a resolver incertidumbres de larga data sobre el clima antiguo, la paleobiología y la formación de recursos naturales", señaló el profesor Andy Biggin, autor principal del estudio. La configuración de Pangea, los patrones climáticos de eras remotas y la distribución de ciertos minerales podrían reinterpretarse a la luz de este campo magnético sesgado.
El planeta se revela, una vez más, como una máquina de capas entrelazadas. Lo que ocurre en el límite más profundo entre el manto y el núcleo no se queda allí: escribe su firma en la fuerza invisible que nos guía y protege, y ahora, por fin, comenzamos a descifrar su letra.

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