A casi mil kilómetros del Círculo Polar Ártico, trescientas setenta y tres estaciones sísmicas dispersas sobre la capa de hielo más grande del hemisferio norte comenzaron a registrar algo inesperado. No era un terremoto ni una fractura. Era un susurro sordo, como si el suelo respondiera de manera distinta bajo el peso de los glaciares. Algo blando, húmedo y profundo estaba allí abajo. Y los científicos no lo habían visto venir.
Groenlandia no es solo una masa de tierra helada. Para la climatología, la geología y la oceanografía, la isla funciona como un archivo viviente. Bajo sus ochenta metros de hielo en algunas zonas, y más de tres kilómetros en otras, se conservan burbujas de aire de hace cien mil años, polen de épocas interglaciares, cenizas de volcanes extinguidos. Pero también, ahora se sabe, hay una capa de sedimento blando, empapado, de hasta doscientos metros de espesor. Una suerte de alfombra fangosa sobre la que los glaciares ya no caminan: se deslizan.
El hallazgo, publicado en Geology por un equipo de la Universidad de California en San Diego, cambia la forma en que se entiende la mecánica del deshielo. Hasta ahora, los modelos proyectaban el retroceso del hielo en función de la temperatura del aire y del océano. El nuevo factor es mecánico: donde el glaciar reposa sobre roca firme, avanza lento; donde lo hace sobre estos sedimentos saturados, acelera. Y Groenlandia tiene más sedimento blando del que se creía.
Un suelo que cede
El estudio sísmico permitió trazar un mapa subterráneo. Las ondas viajan a distinta velocidad según el material que atraviesan. En roca sólida, el trayecto es rápido y nítido. En sedimento blando, la señal se amortigua. Al cruzar los datos de las 373 estaciones, aparecieron zonas extensas donde el lecho rocoso no está en contacto directo con el hielo. Hay una interfaz: agua, arcilla, partículas finas. Esa capa actúa como lubricante.
El fenómeno no es uniforme. Algunos glaciares permanecen anclados; otros, especialmente en la costa noroeste, se deslizan hacia el mar a velocidades que los modelos previos no lograban explicar. El deshielo ya no es solo una cuestión de fusión superficial. Es también un problema de estabilidad basal. Y eso, para los glaciares, es como construir sobre arena.
El precedente de hace siete mil años
No es la primera vez que Groenlandia pierde parte de su coraza blanca. Un estudio publicado en Nature Geoscience perforó medio kilómetro de hielo en el Prudhoe Dome, al noroeste de la isla, y encontró restos de musgo, polen de abedul y material orgánico propio de un ecosistema sin hielo. La datación arrojó una fecha: hace siete mil años, esa cúpula de hielo no existía. Groenlandia estuvo verde.
Aquel período coincidió con temperaturas globales ligeramente superiores a las preindustriales, aunque no tanto como las actuales. Lo relevante no es solo que el hielo pueda desaparecer, sino que lo hizo por completo en algunas regiones. Si aquello ocurrió con condiciones menos extremas que las de hoy, la pregunta ya no es si volverá a suceder, sino cuándo y a qué velocidad.
Minerales críticos sobre un suelo inestable
Bajo el hielo groenlandés también se esconde otra capa, esta vez mineral. Neodimio, disprosio, praseodimio: tierras raras esenciales para imanes de alta potencia, turbinas eólicas y baterías. Groenlandia posee una de las mayores reservas sin explotar del planeta. Pero hay un problema técnico que ningún tratado geopolítico puede resolver.
La extracción de estos minerales requiere infraestructura pesada, túneles estables, galerías subterráneas seguras. Sobre roca firme, es factible. Sobre una capa de sedimento saturado de agua, cualquier excavación profunda se convierte en un riesgo geotécnico. Los estudios advierten que, en las zonas donde el lecho es blando, la actividad minera no solo sería peligrosa, sino inviable a gran escala. El acceso a esos recursos dependerá, paradójicamente, de que el hielo desaparezca por completo y el suelo se estabilice. O de que la tecnología logre operar sobre terreno incierto.
El termómetro que se acelera
El Ártico se calienta cuatro veces más rápido que el resto del planeta. Groenlandia no es solo un testigo: es un amplificador. Cada metro cúbico de hielo que se desliza al mar eleva el nivel oceánico, y cada centímetro de sedimento blando que queda expuesto acelera el proceso. La ciencia ha logrado identificar el mecanismo, pero aún no puede medir con precisión su ritmo ni prever sus umbrales.
El problema bajo el hielo no es una falla ni una grieta. Es algo más sutil y más difícil de resolver: una capa de barro milenario que, al calentarse, recuerda cómo se desliza. Y lo hace cada vez más rápido.

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