Bajo el aparente sosiego de las aguas más profundas del Pacífico, la corteza terrestre guarda cicatrices de una fiebre planetaria. Hace más de cien millones de años, el planeta experimentó convulsiones que remodelaron océanos y atmósfera. Hoy, el eco de aquel cataclismo ígneo no es solo un recuerdo fosilizado en las rocas; es una firma activa, una alteración fundamental descubierta en la propia armadura oceánica.
